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La respuesta siempre ha sido y será la misma. No importa a quién se le pregunte. Todos responden, invariablemente, que el mejor arroz con pollo del mundo, la papa a la huancaína más sabrosa o esos fréjoles con seco de antología, son los que prepara o preparaba su mamá. Invariablemente también, todos tienen razón. Nada se nos graba en la memoria del gusto, a fuego y para toda la vida, como la cocina de mamá.
 
Es cierto. Cuando evoco los años de mi niñez lo primero que me viene a la cabeza, el corazón y el paladar son, como dice el himno de los setenta de esa vieja banda argentina de rock, Sui Generis: “Necesito alguien… que cocine guisos de madre, postres de abuela y torres de caramelo”. Es increíble que a través de los años los sabores del hogar se mantengan intactos en la memoria, con la sutil y enorme diferencia a la vez, de los mismos platos preparados en cualquier otro lugar. Hasta el pan con mantequilla y el café con leche que me servían en casa tenían un sabor distinto y especial.
 
Lo mismo le ocurre a los emigrantes de cualquier país y en especial a toda esa generación nuestra de jóvenes que se fueron del Perú de los setenta y ochenta en busca del buen futuro que no se vislumbraba ni de lejos por estos lares, y que hoy viven desperdigados por el mundo entero. Cuando se les pregunta qué es lo que más extrañan de su tierra natal, ellos contestan, con cariño: “mi comida”. No son los paisajes, ni los amigos, ni las costumbres, ni el amor que dejaron atrás. El recuerdo más entrañable para aquellos que están lejos de casa es la comida y más aún: la comida de mamá.
 
Pero ese recuerdo no llega solo, con él vienen la vajilla, las ollas, la habitación y por supuesto, la cocina misma –yo recuerdo nítidamente el color de las llamas y hasta el sonido de la cocina Cuba a gas de kerosene que teníamos en casa. Ese artefacto que es capaz de hervir, cocer, freír, asar o fundir los alimentos y que ha sido el mudo testigo de millones de historias que se tejen entre los miembros de familias enteras, generación tras generación. Porque nuestras vidas transcurren, día a día, entre el desayuno, el almuerzo y la cena, a un costado o alrededor de la cocina de cada una de nuestras casas. Hay quien asegura, con convicción de poeta, que la cocina, la habitación y el artefacto, todo el conjunto, “Es un asunto sentimental”. Tiene razón.
 
El tema viene a cuento por las primeras treinta y cuatro cocinas mejoradas, de las ciento cincuenta y uno que ya tenemos listas, y que los trabajadores de Yanacocha entregamos a nuestros vecinos de La Ramada el jueves pasado (el viernes entregamos setenta y cinco más en Manzanas Alto), en una sencilla ceremonia en la que participó una delegación de compañeros, nuestro Vicepresidente Regional de Operaciones de Newmont para Sudamérica, Carlos Santa Cruz, los miembros de la Secretaría Técnica del programa y los mismos beneficiarios.
 
Es sorprendente el recibimiento de la población –comentó una compañera de trabajo. Nuestros vecinos están verdaderamente agradecidos por las cocinas y más por el voluntariado de los trabajadores. “Yo me sorprendí cuando hace unos meses me operaron y no sé cómo se enteraron, pero me fueron a visitar a mi casa. Gracias a este programa, ahora ellos ya son como de mi familia”, agregó.
 
Efectivamente, de todas las intervenciones durante la ceremonia, las palabras que quizá reflejaron mejor el espíritu con el que llevamos adelante nuestro ambicioso proyecto de construir un mil cocinas mejoradas, fue el de una madre de familia quien dijo, emocionada: “Lo mejor de todo, es la hermosa relación de amistad y armonía que ha florecido entre los vecinos y los trabajadores de la mina y sus familias”.
 
Para mí, cuando hablamos de donar nuestros aportes y nuestro tiempo para construir cocinas mejoradas, en realidad estamos hablando de fomentar varias cosas: la salud de las personas, oportunidades de desarrollo para más niños peruanos, el amor por la familia, y, estoy seguro, miles y miles de historias y buenos recuerdos que vivirán por siempre en las mentes y los corazones de nuestros vecinos beneficiarios que, en su tiempo, evocarán con el mismo amor y la nostalgia que nosotros: “La cocina de mamá”.
 
Por: MARCOS VALDEZ CADENILLAS